
No se sabe qué es más ridículo, si la burda manipulación del sistema electoral español o la naturalidad con que los medios de comunicación la dan por válida, presentando los resultados electorales como si fueran realmente la expresión de la voluntad del electorado. En las elecciones autonómicas de este domingo se acaba de repetir este patético espectáculo.
El partido socialista ha sido el más votado en Asturias, pero quienes van a gobernar son los dos partidos de derechas de la comunidad autónoma porque suman más diputados que los conseguidos por socialistas, Izquierda Unida y los centristas del UPyD. Sería normal si no fuera porque mientras que el centro-izquierda tuvo el 49,5% de los votos, los partidos de derechas lograron el 46,3% y la ley hace el milagro de atribuirles mayoría absoluta de diputados, sin que nadie ponga el grito en el cielo. Para ver que el sistema electoral español es un robo basta echar cuentas.
Ha muerto Antonio Tabucchi. Y en la asamblea dolorida de sus personajes, Pereira sostiene que la muerte nunca sabe lo que hace. Que se equivoca una y otra vez, que es ciega y necia. Que todo lo rompe torpemente. Sostiene que es un deber rebelarse contra ella, si no para vencerla (¿cómo vencer a lo que no es?) sí al menos para arruinar su victoria con una memoria imperecedera.
Pereira sostiene también que la literatura está agazapada en la mano que procura la verdad, una verdad concreta: a veces pequeña, otras veces deslumbrante como una galaxia, pero siempre luz en las penumbras de esta loca carrera hacia el fin. Que la literatura se abriga en los tiempos mediocres en corazones tenaces como el de Tabucchi. Y desde allí nombra el mundo y nos nombra y distribuye su maná de inteligencia y belleza. Y sostiene Pereira que son los libros de verdad, los inevitables, los que sostienen el mundo. Nuestro mundo. Esa sigue siendo su tarea.
Hoy acuden a las urnas los electores de Asturias y Andalucía para elegir sus parlamentos autonómicos. Y, una vez más, esa cita mágica de la democracia, el momento en el que el pueblo expresa su opinión y otorga el poder a sus gobernantes, se convierte en un espectáculo de manipulación a causa de la discriminatoria ley electoral imperante en España.
De nuevo decenas de miles de votantes se quedarán sin representación parlamentaria porque la ley establece que los partidos mayoritarios obtengan diputados con un menor número de votos que los minoritarios (que pasan así a ser marginales). Y, de nuevo, miles de electores se verán obligados a decidir si votan lo que quieren o si deben votar al mal menor, a un partido que no les gusta, porque la expresión de su verdadero voto puede dar un diputado de rebote al otro partido que les gusta todavía menos. Cuando la voluntad popular se expresa bajo chantaje, la democracia está enferma.
En el metro de Lisboa hay ciegos que cada día mendigan, recorriendo los vagones mientras marcan un ritmo sincopado con su bastón y hacen sonar una cajita con ranura, siempre huérfana de monedas. Parecen salidos de otra época: huérfanos de cualquier asistencia social, abandonados a su infortunio. Es una Europa olvidada, pero no tan lejana, que adquiere un inesperado simbolismo en estos tiempos.
Sus ojos muertos no pueden ver la sombra de miedo y corrupción que se propaga con la crisis. Golpean el suelo con su bastón como si todavía creyeran poder invocar la solidaridad de los otros. No ven que esta es la balsa de la Medusa, en la que los náufragos amenazan con devorarse entre sí. Las imágenes de la policía apaleando manifestantes en Lisboa no significan nada para ellos. Tampoco para sus compañeros de viaje en el metro, que escogerán disciplinadamente entre A y B en las próximas elecciones porque esa es su forma de ceguera.
¿En qué familia no hay un pariente tonto? Un primo imbécil cuyo futuro se prevé catastrófico. Una tía sin luces que sólo dice sandeces. Un abuelo que se las apañó para arruinar a toda la familia y que aún pretende sentar cátedra. Qué hacer con ese tipo de pariente ha sido siempre un problema. La sociedad posmoderna lo ha resuelto: basta inspirarse en la actualidad.
Puede nombrársele presidente del Banco Central Europeo para que pregone el fin del Estado de bienestar. O gestor del Teatro Real de Madrid para que olvide aplicar reducciones en los salarios de sus empleados y les reclame luego que devuelvan el dinero que ya gastaron confiadamente. O candidato de una fuerza política que promete exactamente lo contrario de lo que hace al día siguiente de llegar al gobierno. O casarlo con un miembro de una familia real para que averigüe cuán largo es el brazo de la Justicia. No es que vivamos en medio de la sandez, es terapia familiar.
El régimen político de EE.UU. está tan convencido de hallarse en posesión de la verdad absoluta que impone sus leyes al resto del planeta por las malas (presión política), las muy malas (sanciones económicas) y las peores (guerras rebautizadas como “intervenciones”). Ahora le ha tocado el turno a la empresa española Telefónica, que se ha atrevido a plantearse negocios con Cuba.
El organismo de vigilancia (represión) económica de EE.UU., la SEC, ha pedido explicaciones al presidente de la Telefónica y le ha amenazado con sanciones si persiste en creer que lo de la libertad de empresa y de mercado es verdad. Lo penoso es que Telefónica se las ha dado. Que EE.UU. es un imperio que sólo se respeta a sí mismo lo saben quienes han sufrido su mano de hierro. Quizás fuera más práctico nombrar al embajador estadounidense Virrey de España y transformar al Gobierno de España en su Consejo Asesor. Al menos sabríamos a qué atenernos.
El juez no ha querido imputar a la hija del Rey de España para no “estigmatizarla”. Explicar lo que sabía de los negocios de su esposo, de quien es socia, se ve como un “acto que constituye una deshonra”, según define estigma el diccionario. Pero estigma es también “trastorno que indica enfermedad hereditaria”. Así que no llamarla a declarar podría interpretarse como síntoma del origen autoritario de la institución monárquica.
Lo irritante no es la consideración de la Justicia hacia la infanta Cristina sino la ausencia de tal hacia el común de los mortales, como si la Monarquía más que un servicio fuera un privilegio. Siendo representación del Estado, lo que cabría esperar es su colaboración absoluta con la ley. Pero hay una tercera acepción de estigma: “huella que aparece en el cuerpo de algunos santos”. Y la infanta bien podría sacrificar su honra en este caso, pues en democracia el peor estigma es el de ser intocable.
La injusticia más radical es asesinar o perseguir a alguien por el mero hecho de ser quien es. La inquina contra los ciudadanos de origen judío dura tantos siglos y ha dado frutos tan horribles que se ha transformado en algo más que el sufrimiento de una comunidad. Es una sangrienta metáfora de la intolerancia del ser humano, y la enfermedad crónica y fatal de Europa.
La matanza en el colegio judío de Toulouse muestra que esa enfermedad pervive en el cuerpo social europeo, lista para rebrotar en los momentos de crisis. Hay una violenta irracionalidad que late en el antijudaismo y en la islamofobia cuya carga histórica de odio heredado la hace particularmente peligrosa. Ni la crítica a la política del Estado de Israel, por legítima que sea, justifica actuar contra “los judíos”, ni el terrorismo yihaidista legitima actuar contra “los árabes”. Cuando la fiebre antisemita sube, la libertad de todos corre peligro de muerte.
El presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, declaró al The Wall Street Journal que el modelo social europeo “ya se ha acabado”. Como cuando en un parte meteorológico se dice que se acabó el verano. Pero ese modelo social no es un fenómeno de la Naturaleza sino el resultado de una historia humana de luchas y negociaciones, expresión de la voluntad europea mayoritaria de vivir en una sociedad más justa.
En tanto que fruto de un proceso histórico, sólo puede ser desmontado mediante otro proceso. Y de eso se trata. Decir que “se ha acabado” no es el diagnóstico de un efecto de la crisis sino la expresión de un objetivo político. Lo que el presidente del BCE (y quienes le mantienen en ese cargo) quiere decir es que su voluntad es acabar con el modelo social europeo. Presentar su destrucción como algo ya sucedido, es un ardid para hacerla pasar como inevitable. Y la crisis, la excusa que permite presentarla como deseable.
En una cena (no importan nombres concretos, sólo la triste realidad de las palabras), un periodista de una conocida publicación de izquierdas italiana le dice a un periodista español que tuvo que marcharse del País Vasco por miedo a sufrir un atentado de ETA: "si tengo que escoger entre el Estado español y ETA, escojo a ETA". Y se lleva un pedazo de pollo a la boca, con la tranquila indiferencia que alimenta todos los totalitarismos.
No importan los niños asesinados "accidentalmente" por ETA, ni el horror de los secuestrados enterrados en vida, ni los asesinados por el mero hecho de criticar a ETA, porque "los compañeros vascos luchan por sus derechos” y esos derechos están por encima de la humanidad, la decencia, la piedad y el respeto a los derechos de otros. ¿Cómo ha podido gobernar Italia durante tantos años alguien como Berlusconi? Quizá porque una parte de la sinistra, la izquierda italiana, aún es así de siniestra.