

Qué extraña la soledad del ser humano. Siempre rodeado de otros y siempre con ese sentimiento fatal de que, al igual que una isla, el mar de la vida se interpone entre nosotros y aquellos que vemos y frecuentamos. Somos islas a la deriva que tienen el prodigioso don de comunicarse, de enviarse mensajes, como el viento o las aves arrastran el polen de una tierra a otra en los archipiélagos.
La literatura es uno de esos pájaros que sobrevuelan el mar de la soledad. La música otro. Pero la música tiene también la elocuencia de lo vivido, como la comida. Una melodía lleva al tiempo en que se escuchó por primera vez, en que se bailó o se amó a su compás. No se recuerda, se revive. Ayer murió Cesaria Évora y con ella la voz de una saudade atlántica y africana que cada cual recreaba a su manera al escucharla, nombrado todas las soledades. Una isla humana de menos, que sin embargo supo hacer visible para los demás al archipiélago que le dio vida.
El jefe del gobierno portugués intenta introducir el límite del gasto en la Constitución, al igual que hizo Zapatero en España con apoyo del PP. El gobierno italiano defiende medidas draconianas. La Unión Europea funda la religión del recorte. Todos exigen sacrificios y culpan al gasto del Estado de la crisis. ¡Qué mezcla de embustes e ineptitud!
La clase política no tiene valor (ni interés) de ponerle el collar al gato de los mercados. Y si hay que hacer sacrificios, también hay que saber para qué servirán. ¿Para imponer una dictadura económica con reformas fraudulentas de las constituciones? ¿Para recompensar a los causantes de la crisis? ¿Para que los ricos lo sean tanto que alguna migaja de su plato termine por llegar a la boca de los pobres? Los límites que hay que poner no son al gasto sino a la especulación, a la desregulación bancaria y a la intervención de las agencias de calificación, que son el virus de la crisis.
Debe de ser un pecado grande porque hay que haber hecho algo imperdonable para merecer esto: que ningún líder político, sea del color que sea, pase el test de honestidad y coherencia. El último es Barak Obama. Millones de ciudadanos del mundo se ilusionaron cuando ganó la presidencia de EE.UU. (puesto que es imperio, quizá habría que dar voto al resto del planeta en esas elecciones y, si acaso, limitárselo a los estadounidenses, que nunca aciertan) y ayer afirmó que EE.UU. sale de Irak dejando un país mejor.
¿Quién preguntó a los iraquíes si querían pagar el precio de esa mejoría? ¿Es tanta la ceguera del poder que ha acabado por creerse sus propias mentiras? Habló de éxito en un país destrozado y sembrado de cadáveres. De altruismo, mientras las petroleras se frotan las manos. Sí, ha sido un gran pecado: renunciar a participar activamente en la vida política y, al hacerlo, dejar nuestro destino en manos de los hipócritas.