El nuevo presidente del gobierno español ha decidido hacer realidad los recortes prometidos de la forma más brutal, injusta y mezquina: congelando por primera vez en la historia de la democracia española el salario mínimo de los trabajadores, que ya era para meter frío. La vida sube y si el salario mínimo no lo hace, uno no se queda como estaba, se queda con menos porque su dinero vale menos.
La tragedia de esta crisis económica es que sus efectos se están utilizando como excusa no para corregir las causas que la produjeron sino para conseguir sin piedad lo que la derecha lleva décadas intentando: desmontar todos (absolutamente todos: de la sanidad universal al subsidio de desempleo) los avances logrados por dos siglos de lucha obrera. El capital se enriquece descaradamente, el Estado sufraga sus vicios y sus errores, y quienes pagan la cuenta son los trabajadores, que no han tenido responsabilidad alguna en la crisis.

