La crisis económica ha marcado el resultado de las elecciones en España. El legítimo descontento ha castigado al partido del gobierno mientras la derecha se beneficia de la fidelidad de sus votantes, que se basa no tanto en la fe en sus propuestas como en el odio al adversario.
Los problemas siguen siendo los mismos: cómo salir de la crisis sin destruir los mecanismos de solidaridad; cómo reformar el sistema político para que sea verdaderamente representativo. De un PP con mayoría absoluta no cabe esperar una reforma de la ley electoral que acabe con la vergüenza de que un partido con el 44% de los votos tenga el 53% de los diputados. Tampoco una defensa de los derechos sociales ni la exigencia de responsabilidades a los mercados. Una izquierda dividida ha perdido frente a una derecha unida. Pero la unidad de la izquierda será imposible mientras el PSOE siga aceptando la lógica neoliberal. O cambia ahora o no lo hará nunca.

