De pecado capital a virtud cardinal, ese es el milagro posmoderno de la codicia. Ahora muy sesudos políticos y economistas explican cómo la codicia y el egoísmo son factores positivos de la Historia, agentes dinámicos, la sal del guiso de la sociedad. Del capitalismo de Estado chino a la entrada en bolsa de Faceebok, los vientos soplan a favor de los codiciosos.
Esa furia enriquecedora lleva, por ejemplo, a presentar como pérdidas las ganancias que son menores a las del año precedente, pero que son ganancias; a desregular mercados financieros y a colocar en la bolsa el dinero público de las naciones; a exigir e imponer sacrificios a los trabajadores y otorgar beneficio a los empresarios, porque la codicia empresarial se ve como necesaria y el trabajador sólo cuenta como consumidor. Que todo eso tenga un precio social terrible es secundario. Si la codicia es el motor de la Historia, el sufrimiento social es su gasolina.

