Después de tres años, todavía persisten los malentendidos con la Crisis. El poder la presenta como una anomalía en el sistema que hay que reparar. En la izquierda no falta quien crea que es el anuncio del fin del capitalismo. Ni una cosa ni otra. Ni una falla ni un daño al sistema, porque las crisis económicas son parte esencial del capitalismo. Son su mecanismo de auto-regeneración.
La destrucción permite la reconstrucción. Dos negocios de oro. Los capitales van a sectores más rentables. Y una vez exprimida la sociedad, en nombre del sacrificio de todos, el capital corre alegre a la noble tarea de levantar lo derribado. El capitalismo crece y se fortalece en las crisis, como las bacterias en las heridas. Es el pueblo quien padece la fiebre. El miedo paraliza y la desesperación general dificulta la respuesta social. Por eso Trotsky decía sabiamente que “la revolución de los hambrientos termina en la primera panadería”.

