Cada día

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La victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de EE.UU. confirma la nefasta influencia de la estupidez en los asuntos humanos. No se puede calificar de estúpido a Trump: él actúa movido por sus intereses y lo hace sin escrúpulos. El peso de la estupidez recae sobre quienes lo han votado y sobre quienes se han negado a votar a Hillary Clinton so pretexto de que era igual o peor que él. Porque el estúpido es quien causa un mal a otros e incluso a sí mismo sin obtener ningún beneficio.

Entre todos han dado las riendas del mundo a un personaje de opereta. El antidemocrático sistema electoral de EE.UU transforma una diferencia en votos del 0,2% en una diferencia de más del 10% en número de representantes. Pero es la estupidez de los descontentos con las élites que han votado al payaso y la de Susan Sarandon y quienes como ella negaron su voto a Hillary la que ha hecho posible esta catástrofe. Tiempo habrá para lamentarlo.

Striptease

Martes, 01 Noviembre 2016 00:00
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La investidura de Rajoy se ha sido un auténtico striptease de los poderes fácticos en España. Han caído las máscaras. De Felipe González sabemos ya que es el sicario político del Ibex 35. Del PSOE, que la democracia interna limita con los intereses de sus barones. Del diario El País, que es el brazo letrado de la derecha. De Ciudadanos, que es la alfombra roja para que el PP se lleve de nuevo el Oscar del gobierno. Y de todos ellos –partidos del establishment, oligarquía financiera y medios de comunicación al servicio de ésta−, que constituyen una verdadera, corrupta y sobre todo feroz casta.

Podemos tenía razón al introducir ese concepto en el debate político. La casta ha conducido el golpe de mano en el PSOE y devuelto al poder a un pésimo presidente. Y ahí están todos, en pelota. De lo que hagan en adelante aquellos socialistas que sí son de izquierdas va a depender el futuro del país. Mucha responsabilidad en plena derrota.

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A la literatura, asediada por la dictadura del marketing, la piratería y el mantra del “todo el mundo es escritor”, sólo le faltaba que la Academia Sueca pusiera la gota que colma el vaso de su banalización: el Nobel para Bob Dylan. Una gota de lujo, sin duda, pero gota. Dylan es un músico extraordinario y un gran letrista y es innegable que sus canciones están llenas de poesía. Pero darle un Nobel por la poesía de su música es tan lógico como entregar un Grammy al poeta Nicanor Parra por la musicalidad de su poesía.

Cuando todo vale, cunden las ideas peregrinas. El Nobel de literatura puede ser acertado o erróneo, pero al menos debería servir para defender y promover la literatura. Dárselo a un gran músico es proclamar que la literatura no tiene ya valor alguno en nuestra sociedad. La necesaria interacción entre las artes no puede transformarse en la suplantación de unas por otras. Eso no es modernidad, es pérdida de criterio.