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La izquierda que ha votado a Macron para impedir el triunfo de Marine Le Pen no debe conceder al nuevo presidente ni un día de respiro. La ambigüedad calculada de este oportunista de la política le ha servido para llegar al poder sin pertenecer a ningún partido tradicional. Ahí ha estado su fuerza. Ahí está también su debilidad.

Francia le ha cerrado la puerta al fascismo (porque eso representa el FN, aunque los grandes medios lo enmascaren recurriendo al concepto-papelera de “populismo”). La izquierda alternativa ha cumplido un primer deber: permanecer fiel a la lucha antifascista. Con una generosidad hacia su adversario ideológico que cabría preguntarse si habría sido recíproca si fuera Mélanchon quien hubiera pasado. La tarea ahora es desplazar del gobierno al neoliberalismo en las próximas elecciones con una oposición que presente un modelo social diferente y evite que la desesperanza siga dando alas al FN.

 

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Con la tozudez de los prejuicios y la arrogancia de los puros de espíritu, buena parte de los seguidores de Mélenchon afirma que va a abstenerse o votar en blanco en la segunda vuelta de las presidenciales francesas.  Su equiparación de Marine Le Pen con Macron (en vez de anunciar un voto a éste con aviso de oposición a sus políticas) recuerda al discurso de los comunistas alemanes de los años 30 equiparando a socialdemócratas y nazis. Ya se sabe el resultado. Y la izquierda alternativa francesa tendrá que responder ante la Historia si con su actitud permite la victoria del Frente Nacional.

Anteponer la pureza del voto anti-neoliberal a la defensa de los intereses concretos de los millones de personas que sufrirían discriminación y persecución en una Francia lepenista (la mayoría de ellas inmigrantes) puede llevar a la nueva izquierda francesa a una cruel paradoja: la de caer en el más viejo de los errores, el sectarismo.

*Link a la noticia sobre la intención de voto de los seguidores de Mélanchon:http://www.eldiario.es/internacional/Francia-Insumisa-blanco-frente-Pen_0_639386680.html

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Las sensatas críticas de la fiscal general de Venezuela y del presidente Maduro a la resolución del Tribunal Supremo, por la que éste se arrogaba las competencias del parlamento dinamitando la división de poderes del Estado, han hecho que el órgano judicial dé marcha atrás en su disparate. La democracia sale fortalecida con esa vuelta al respeto institucional.

Pero la situación de tensión entre los órganos del Estado dirigidos por chavistas y los dirigidos por antichavistas permanece. La propuesta de parlamentarios de la oposición de cargar contra los jueces del Supremo echa leña a un fuego que ambas partes alimentan irresponsablemente, con una escalada de feroces descalificaciones tras las últimas elecciones presidenciales y legislativas, y que la pretensión intervencionista de la OEA sólo ha agravado. El gesto conciliador del ejecutivo debería recibir una respuesta también sensata desde la oposición.

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