Vergüenza ajena

Lunes, 17 Octubre 2011 05:02
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El problema con algunos de los presidentes y expresidentes de gobierno es que son como esos parientes que nos avergüenzan. Como ese tío autoritario cuyas opiniones oscilan entre la chulería y la infamia. Como esa prima tonta de remate de cuya boca nunca salió una palabra interesante. No nos gustan y si los encontráramos por primera vez en la calle jamás serían amigos nuestros, pero los soportamos porque son de la familia.

También estos líderes políticos son nuestros aunque uno no les haya votado. Hablan en nombre de todos.  Y son capaces de mentir sobre la autoría de un atentado, mofarse de quienes les critican o apoyar la creación de escudos de misiles. Y se nos sientan a la mesa en el telediario. Y sonríen satisfechos de sus atrevimientos. Decía John Huston en Chinatown: “los políticos, las putas y los edificios feos, si duran lo suficiente terminan por volverse respetables”. Será así, pero dan tanta vergüenza ajena...

Cuando un escritor muere

Sábado, 08 Octubre 2011 00:02
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El escritor español Félix Romeo ha muerto joven. Otra traición de la traidora Naturaleza. Un drama personal. Pero la muerte del escritor también es nuestra. Es una puerta cerrada tras la cual se pierden mundos que ya nunca conoceremos. Gracias a la literatura el universo se expande con más potencia que la generada en su Big Bang fundacional, porque deja de ser uno para volverse tantos. Universos paralelos donde cada uno puede ser al fin todos los “yo” que le habitan. Incluso aquéllos que ignoraba llevar dentro.

Cuando muere un escritor, perdemos una parte de lo mejor de nosotros mismos: esta inexplicable capacidad de ser más de lo que somos, de ir más allá de la primera frontera, la de la propia piel. Hay un panteón invisible escondido en la virtualidad de nuestro imaginario colectivo. Allí honramos a los dadores de sueños, mientras acá los mercaderes han invadido el templo de la literatura. Pronto será un culto secreto.

El silencio es una virtud transitoria

Viernes, 07 Octubre 2011 00:31
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El Nobel de Literatura tiene en ocasiones la virtud de hacer descubrir autores que muy pocos conocían. Hay prestigios consolidados en reductos de conocimiento que apenas hallan eco en el barullo del mundo. Es el caso del poeta sueco Tomas Tranströmer. Muchos apenas sabíamos de él hasta que ayer su nombre se hizo mediáticamente universal. Para los conocedores de la literatura nórdica es la consagración de la ola literaria que nos llega del frío. Para los demás, la ocasión de descubrir una literatura sutil que ha hecho del elogio del silencio su principal atributo.

“Me encuentro con huellas de pezuña de corzo en la nieve./ Lenguaje, pero no palabras”, escribe el poeta, que proclama su fascinación ante el poema que “crece, ocupa mi lugar”. Silencio frente a palabras, como una nota blanca en medio de una canción. Un necesario paréntesis. Para apreciar mejor la melodía, para que las palabras recobren algún día su sentido.