La voz de la calle

Domingo, 16 Octubre 2011 00:10
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Cuando quienes deberían representarlos no lo hacen y la mayoría de los medios de comunicación son meros portavoces de los intereses económicos y políticos de sus propietarios, a los ciudadanos sólo les queda la calle. La vieja ágora de la primera democracia ateniense. La voz de la calle se ha oído en todo el mundo con fuerza. No sólo para protestar sino para presentar su discurso y sus alternativas.

De las pancartas de Lisboa se puede extraer  parte del relato indignado: “Mi vida está congelada”, mientras “los capitales son libres y los pueblos, esclavos”, decían. Así pues, “sálvate del rescate”. Porque “no es la crisis, es el sistema”, un duro combate “capitalismo versus Humanidad”. Y denunciaban que “la justicia está en las Caimán de vacaciones” y que “en sanidad la austeridad puede matar”. Y exigían que “quiten sus manos de nuestros derechos”.  Para que la historia no termine con “…y fueron pobres para siempre. FMI ”.

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Decía Ortega y Gasset que los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía. El problema es cómo se mide la utilidad de un esfuerzo. ¿Fue útil el de Espartaco al levantar a los esclavos contra la poderosa Roma? ¿Y el de los obreros de Chicago, el 1 de mayo de 1886, al luchar por la jornada laboral de ocho horas? A Espartaco lo crucificaron y a los dirigentes obreros de Chicago los ejecutaron. Pero hoy la esclavitud está abolida y las ocho horas ya no son un sueño.

Pese al poder del absolutismo y de los prejuicios, en el siglo XVIII ya se pedía democracia y un sufragio universal que diera voto a la mujer. Hoy los indignados del mundo reclaman una auténtica democracia y el fin de la dictadura de los mercados, frente al aparentemente inamovible poder del dinero y las armas. ¿No será que lo mejor de la Humanidad sólo se alcanza, precisamente, con esos esfuerzos que quienes defienden el orden establecido presentan siempre como inútiles?

¡Clinc!

Viernes, 14 Octubre 2011 05:00
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Cuando una bala se dispara en Libia, Afganistán, Gaza, Colombia o México, una máquina registradora hace ¡clinc! en alguna oficina de Nueva York, París, Madrid, Moscú o Londres. Sólo que el ruido de las bombas y los gritos no permiten escucharlo. Se habla de paz, pero se la proclama y traiciona en un mismo acto. La palabra paz suena en ciertas bocas como el impacto de un proyectil en un cuerpo humano: ¡zap!. Como si sus tres letras fueran el eco de un disparo.

Todo esfuerzo es poco para la paz, se dice, pero el camino de la paz lo controlan los guerreros. Luego ningún gasto es suficiente para preparar la guerra. Y se invoca el miedo a la guerra para usar las armas que habrán de destruir todo aquello que se reconstruirá después; para que continúe así la liturgia discreta de sagradas cuentas bancarias. ¡Clinc! La música de la codicia. El ritmo interno de una lógica: la que convierte la desdicha y la muerte de unos en el negocio de otros.