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Desde Plutarco y sus Vidas paralelas, seguir el derrotero de un hombre público, y compararlo con otra figura ilustre, dice mucho tanto de la condición humana individual como de la colectiva. No sería mala idea repetirlo hoy con los presidentes entrante y saliente de España: Rajoy y Zapatero.

Zapatero llegó al poder tras los atentados del 11-M y lo hizo con un compromiso fuerte por la paz y los derechos sociales. Sacó a España de Irak, buscó el fin de ETA en la tregua y legisló a favor de homosexuales y mujeres. Después llegaron la crisis, los recortes  y el nuevo militarismo “humanitario” en Libia. Sólo el adiós de ETA da por cumplido un compromiso. En ese proceso, Rajoy ha sido enemigo feroz de retiradas militares y ampliación de derechos. Y el PP, el gran agitador de la desconfianza internacional hacia España. Zapatero echa la culpa al viento de la crisis, sin arrepentimiento. Rajoy despliega velas en ella, sin vergüenza.

Ahora o nunca

Lunes, 21 Noviembre 2011 04:30
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La crisis económica ha marcado el resultado de las elecciones en España. El legítimo descontento ha castigado al partido del gobierno mientras la derecha se beneficia de la fidelidad  de sus votantes, que se basa no tanto en la fe en sus propuestas como en el odio al adversario.

Los problemas siguen siendo los mismos: cómo salir de la crisis sin destruir los mecanismos de solidaridad; cómo reformar el sistema político para que sea verdaderamente representativo. De un PP con mayoría absoluta no cabe esperar una reforma de la ley electoral que acabe con la vergüenza de que un partido con el 44% de los votos tenga el 53% de los diputados. Tampoco una defensa de los derechos sociales ni la exigencia de responsabilidades a los mercados. Una izquierda dividida ha perdido frente a una derecha unida. Pero la unidad de la izquierda será imposible mientras el PSOE siga aceptando la lógica neoliberal. O cambia ahora o no lo hará nunca.

Para que conste

Domingo, 20 Noviembre 2011 05:19
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Uno olvida la magia de los prodigios cuando estos se vuelven cotidianos. Llamar desde un aparato que se lleva en el bolsillo a un amigo que vive a 12.000 kilómetros de distancias resulta hoy banal, cuando no deja de ser asombroso. De la misma manera, acudir a votar para expresar la opinión propia y elegir al futuro gobierno del país es un acto al que algunos incluso renuncian por aburrido o inútil, cuando ha costado millares de vida tener el derecho a ejercerlo.

Quienes han vivido bajo la dictadura recuerdan bien la lucha para lograr poder hacer oír la voz de todos. Las persecuciones sufridas por ello; lo lejano, casi imposible, que parecía llegar un día a poder disfrutar de la libertad de elegir, aunque fuera equivocadamente, a nuestros gobernantes. La democracia puede saber a poco cuando se vive cada día, pero sin ella la vida es aún más amarga. Y el voto es el músculo que la sostiene. Si no se ejercita, se atrofia. Que conste.