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Con la tozudez de los prejuicios y la arrogancia de los puros de espíritu, buena parte de los seguidores de Mélenchon afirma que va a abstenerse o votar en blanco en la segunda vuelta de las presidenciales francesas.  Su equiparación de Marine Le Pen con Macron (en vez de anunciar un voto a éste con aviso de oposición a sus políticas) recuerda al discurso de los comunistas alemanes de los años 30 equiparando a socialdemócratas y nazis. Ya se sabe el resultado. Y la izquierda alternativa francesa tendrá que responder ante la Historia si con su actitud permite la victoria del Frente Nacional.

Anteponer la pureza del voto anti-neoliberal a la defensa de los intereses concretos de los millones de personas que sufrirían discriminación y persecución en una Francia lepenista (la mayoría de ellas inmigrantes) puede llevar a la nueva izquierda francesa a una cruel paradoja: la de caer en el más viejo de los errores, el sectarismo.

*Link a la noticia sobre la intención de voto de los seguidores de Mélanchon:http://www.eldiario.es/internacional/Francia-Insumisa-blanco-frente-Pen_0_639386680.html

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Las sensatas críticas de la fiscal general de Venezuela y del presidente Maduro a la resolución del Tribunal Supremo, por la que éste se arrogaba las competencias del parlamento dinamitando la división de poderes del Estado, han hecho que el órgano judicial dé marcha atrás en su disparate. La democracia sale fortalecida con esa vuelta al respeto institucional.

Pero la situación de tensión entre los órganos del Estado dirigidos por chavistas y los dirigidos por antichavistas permanece. La propuesta de parlamentarios de la oposición de cargar contra los jueces del Supremo echa leña a un fuego que ambas partes alimentan irresponsablemente, con una escalada de feroces descalificaciones tras las últimas elecciones presidenciales y legislativas, y que la pretensión intervencionista de la OEA sólo ha agravado. El gesto conciliador del ejecutivo debería recibir una respuesta también sensata desde la oposición.

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Tras las últimas elecciones, Venezuela ha vivido un pulso político sin escrúpulos entre el chavismo, para cuestionar la legitimidad del parlamento electo, y la oposición, para destituir al presidente de la república electo. Ahora, el Tribunal Supremo retira las competencia al parlamento venezolano acusándolo de desacato y asume sus funciones, en un disparate político y legal que sólo puede ser calificado como golpe de estado, pues anula a uno de los tres poderes −el legislativo−, emanado directamente de la voluntad popular (cosa que cabe aplicar también al presidente electo, por más que la oposición haya querido ignorarlo hasta ahora), y altera el orden constitucional al ser el poder expoliado el que representaba la pluralidad política de la nación.

La oposición venezolana lleva años gritando dictadura, cuando no había tal. Ahora que de verdad llega, les sucede como en el cuento del lobo: nadie les hace caso.