2014: Un año, doce lecturas

Domingo, 28 Diciembre 2014 19:26
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Me gusta leer al dictado de mis impulsos y mis necesidades, no al de las novedades editoriales. Por eso, al hacer el balance de mis lecturas en este año 2014 que se va, me doy cuenta que buena parte de los libros que he leído a lo largo de estos doce meses llevan ya años publicados. En algunos casos, se trata de relecturas. En otros, de descubrimientos personales: esos libros me han llegado cuando tocaba que me llegaran, no cuando lo ha dictado el mercado. También hay libros recientes. En esto, como en todo, intento no ser dogmático.  De entre todos ellos, he seleccionado estos doce porque son los que me han dejado una impresión más fuerte.

1. El giro, de  Stephen Greenblatt (Ed. Crítica. 2012)

Me ha hecho no sólo regresar al  Renacimiento y tomar conciencia de lo que aquella época supuso en términos de progreso del conocimiento, sino también de la raíz epicúrea de dónde vienen mis propias ideas. La recuperación en el siglo XV del texto completo de “De rerum natura”, de Lucrecio, abrió las puertas a la modernidad, a la visión materialista de la existencia, al ateísmo y al concepto moderno de libertad. Leí el ensayo de un tirón, como si fuera una novela. Y me hizo recordar también que el primer traductor al español de “De rerum natura” fue José Marchena, el revolucionario español del siglo XVIII que participó en la Revolución Francesa y cuya vida relaté en mi primer libro: “La epopeya de los locos”. Tomar conciencia de la existencia de una especie de cofradía de los seguidores de Lucrecio, a la que me apunto con entusiasmo, ha sido una de las cosas más reconfortantes de este año hostil.

2. Peste & Cólera, de Patrick Deville (Ed. Anagrama. 2014)

Leer un libro para traducirlo es una experiencia diferente. Así leí esta novela sin ficción de Patrick Deville: traduciéndola para la editorial Anagrama a la vez que la iba leyendo, descubriéndola en su lengua original y reinventándola en la mía. Una aventura apasionante para un libro que narra la aventura viajera e intelectual de Alexander Yersin, el descubridor del bacilo de la peste y de la vacuna para combatirlo. Un guerrero de la ciencia y un personaje de la vida real más novelístico que muchos personajes de ficción. No fue un trabajo, fue un verdadero disfrute.

3. Nocturno hindú, de Antonio Tabucchi (Ed. Anagrama. 1985)

Dos años después de su muerte, sentí la necesidad de volver a hablar con Tabucchi. Recordaba la triste caminata por el cementerio de Os Prazeres de Lisboa, cuando le despedimos  el 28 de marzo de 2012. Él había fallecido la víspera de mi cumpleaños y ese nudo de vida y muerte, tranzado por los caprichos de la cronología, aún me sigue apretando el corazón. Este mes de marzo pasado releí su novela “Nocturno hindú”, para sentir de nuevo su voz. Uno de esos libros con historia personal: regalo en su traducción francesa de un amor de mi juventud y ahora ocasión de volver a escuchar la voz de un amigo muerto. Volvió a deslumbrarme por la finura en la observación, el ritmo narrativo tan sabiamente administrado, y el estado entre maravillado y expectante en que se sume el lector que acompaña a ese viajero cuyo propósito y destino resultan tan misteriosos como inquietantes. Tabucchi decía que era un texto nacido del insomnio. De la frontera en la que el insomnio se contamina de los sueños no cumplidos.

4. Días de Nevada, de Bernardo Axtaga (Ed.Alfaguara, 2014)

Como cada vez que leo un libro de Atxaga, no puedo dejar de admirar la precisión, belleza y elegancia de su prosa. Hay un sentido del tempo narrativo y del detalle que me subyugan. Me pasé una semana maravillosa metido en los juegos circulares del tiempo en esos días vividos en el estado de Nevada, que Atxaga convierte es una especie de diario de deslumbramientos. Un texto que transita de la auto-ficción a la poesía, del libro de viajes al diario íntimo.

5. Mujer abrazada a un cuervo, de Ismael Martínez Biurrun (Ed. Salto de Página, 2010)

En España tenemos la suerte de contar con algunos excelentes escritores de literatura fantástica, como Ismael Martínez Biurrun o Juan Miguel Aguilera. Después del impacto de la lectura de su novela “Roja alma, negro sombra”, me apetecía leer la nueva, cuyo título, “Mujer abrazada a un cuervo”, me parecía intrigante. Paradojas de las lecturas: en sus páginas volví a darme de bruces, vía fantasía, con el mismo bacilo de la peste que había combatido el protagonista de la novela de Patrick Deville. Un valor añadido a una historia original que me tuvo atrapado hasta el final. Y una vez más admiré la inteligente manera en que Biurrun mezcla ciencia, intriga y fantasía.

6. Los dos espejos, de Antonio Sarabia (Ed. Planeta-México. 2013)

Leer a Antonio Sarabia es una apuesta segura. Él es uno de los grandes autores vivos de la literatura de América Latina y esta novela representa su regreso al mundo de las ladera del volcán de Colima, que ya había sido escenario de su novela “Los convidados del volcán”. Me encanta regresar a los territorios literarios que he disfrutado como lector. En esta ocasión, la trama refleja una vez más el dualismo de los personajes tan característico de los textos de Sarabia (los dos hermanos de “Troya al atardecer”, el autor y su personaje en “El retorno del paladín”…), como bien muestra el juego de espejos que da título al libro. Descubrir además la memoria y huella de las guerras cristeras mexicanas enriquece enormemente el relato, cuya reflexión sobre la muerte me perturbó. Lo cerré con la sensación de haber asistido a una auténtica declaración de principios.

7. El viajero del siglo, de Andrés Neuman (E. Alfaguara. 2009)

Hay novelas que te gustan y otras que además de gustarte, te sorprenden de manera inesperada. Ese ha sido el caso de “El viajero del siglo”. Lo había comenzado el año pasado, pero no conseguí entrar en el texto. Los libros tienen su momento y más vale, cuando uno no se siente en sintonía con ellos, dejarlos para más adelante, si se quiere disfrutarlos verdaderamente. La ciudad brumosa y cambiante de esa Alemania fuera del tiempo convencional imaginada por Neuman me ha parecido un espacio imaginario fascinante. Me sentí cómplice de su historia de amor y disfruté de la galería de personajes, de sus maneras de otrora y de las reflexiones sobre un siglo XIX recién estrenado que se llenaba en el texto de ecos del siglo XXI. Hacía mucho que no leí una novela de tiempo largo y ritmo pausado.  Una novela que te da tiempo para recrearte. Y ha sido un verdadero placer.

8. La botella del náufrago, de Antonio Jiménez Barca (RBA Ediciones, 2011)

La prosa de Jiménez Barca es, al contrario de la empleada por Neuman en “El viajero del siglo”, de una velocidad eléctrica. Se nota el periodista, sin que éste le quite protagonismo, vigor, ni ambición, al novelista. Es una prosa perfecta para contar un thriller como éste. Un thriller español, quiero decir, con referencias espaciales, culturales, sociales y literarias españolas. La demostración de que no es necesario imitar la novela negra anglosajona para crear un auténtico relato de intriga que no caiga en provincianismos ni garbancerías. El protagonista de “La botella del náufrago” es un perdedor irredento y uno lo acompaña, contagiado de su melancolía y movido a la vez por esa vaga, pero irreprimible, necesidad de honestidad que anima a los personajes de Jiménez Barca, en su descenso a los submundos del crimen y la trata de blancas.

9. Calle de los ladrones, de Mathias Énard (Ed. Mondadori. 2013)

Otro submundo es en el que se adentra el escritor francés, residente en Barcelona, Mathias Énard: el de la inmigración ilegal y el yihaidismo. Y lo hace con el conocimiento de causa de quien conoce la lengua y cultura árabes y tiene la sensibilidad literaria y social necesarias para articular un relato duro y emotivo a la vez,  sin rastro de moralina ni de doctrinarismo. Una lección narrativa a caballo entre Marruecos y España.

10. La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero (Ed. Seix Barral. 2013)

Rosa Montero está acuñando una originalísima manera de practicar el género del ensayo. Después del magistral “La loca de la casa”, leer “La ridícula idea de no volver a verte” le pone a uno el corazón en un puño. De un lado, está es deslumbramiento por la vida y obra de Marie Curie, la primera mujer que ganó el Premio Nobel, y el lúcido análisis de su duelo tras la muerte de su marido, Pierre Curie. De otro lado, está el propio duelo de Rosa Montero, tras la muerte de su marido, Pablo Lizcano, cuya figura se evoca con una mezcla de pudor, desgarro y admiración que conmueve. Y detrás de todo ese material sentimentalmente explosivo, está de nuevo la sabia reflexión sobre la literatura, sobre la actividad creativa, sobre los vasos comunicantes que van de la vida al arte, ida y vuelta, y hacen de un libro como éste más que un momento de lectura, una experiencia compartida. Hay algo de triste, lúcida y a la vez sanadora sabiduría en lo escrito por Rosa Montero. Y uno siente ganas de agradecérselo.

11. ¿Por qué prohibieron el circo?, de Mempo Giardinelli  (Edhasa. 2013)

Después de los meses trepidantes de preparación del Festival de la Palabra de Puerto Rico de este año, me hacía falta leer algo que me sacara de mi mundo y me enviara bien lejos. Por eso leí con tantas ganas esta novela de Mempo Giardinelli. Una novela singular pues, tratándose de la primera que escribió, sólo ahora ha sido verdaderamente editada (en su día fue destruida la edición por los militares argentinos, durante la dictadura). La acción transcurre en un pueblo perdido del Chaco, entre indios pobres explotados en los ingenios madereros de la zona,  pobladores blancos que malviven en la estrechez y prohombres del lugar escindidos entre la fatalidad de quien renuncia a la dignidad humana por miedo o por pereza y la ferocidad de quien ha hecho de la fuerza y la explotación su razón de ser. El protagonista, un maestro que llega al lugar desde la capital, arrastrando consigo sus angustias, me pareció un hermano. Y seguí su fatal implicación en el conflicto que aletea sobre todo el relato con la simpatía que provoca quien es capaz de indignarse ante el abuso. Una novela en la que el lenguaje coloquial consigue arrastrarte hasta ese mundo ajeno y hacerte partícipe de sus miedos y furias.

12. Total Khéops, de Jean Claude Izzo (Ed. Akal. 2001)

Y he cerrado el año releyendo una novela de otro amigo muerto. Me pregunto por qué esa necesidad. Supongo que es el paso de los años. Supongo que es inevitable que la muerte sea un tema cada vez más presente. Supongo que este mundo nos la sirve ya en abundancia sin necesidad de haber envejecido. En todo caso, quise decir adiós al 2014 releyendo a Jean-Claude Izzo, la primera de sus novelas protagonizadas por Fabio Montale: “Total Khéops”. En ella, Marsella brilla como un protagonista más, con sus luces y sus sombras (muchas y muy corruptas sombras). El policía Montale es uno de esos personajes inolvidables. Y la mirada crítica de Izzo no tiene piedad cuando retrata una sociedad en la que medran los mafiosos y los fascistas del Front National. Pero lo fascinante, lo que realmente necesitaba leer, es la pasión de vida que, pese a todo, hay en ella. El amor por las mujeres, por la comida, por el mar, por la luz del sur y los sueños que flotan en ella. Qué libro hermoso y duro y sentimental y rabioso. Tal y como era su autor, de cuya muerte se cumplirán el próximo mes quince años. Sí que va deprisa el tiempo. Por fortuna, están los libros para permitirnos remontarlo, ignorarlo o combatirlo, según los ánimos.

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El 17 de diciembre de 2014, los presidentes de Cuba y de EE.UU. anunciaban el restablecimiento de relaciones diplomáticas, tras medio siglo de ruptura y embargo, y medidas para facilitar viajes y contactos entre ambos países. El 28 de abril de 1979, el cubano exiliado en Puerto Rico, Carlos Muñiz Varela, era asesinado a tiros en San Juan por miembros de la extrema derecha cubana anticastrista. El motivo: Muñiz había abierto una agencia de viajes en San Juan para favorecer el acercamiento  entre los cubanos de dentro y fuera de Cuba.

35 años después de aquel asesinato el FBI sigue sin desclasificar los documentos que permitan identificar y juzgar a sus autores. La valiente iniciativa del presidente Obama de poner fin a un conflicto anacrónico debería mover a la colaboración de las autoridades estadounidenses para castigar el asesinato de un hombre que se atrevió a soñar el futuro de paz y diálogo que hoy se hace realidad.

*Link a últimas novedades sobre la investigación del caso: http://www.elnuevodia.com/nuevaluzsobreelcasomunizvarela-1499566.html

El pañuelo de Kairuán

Martes, 16 Diciembre 2014 13:59
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Al final, los seres humanos somos, esencialmente, armadores de puzzles. La Humanidad misma es un rompecabezas gigante. Siete mil millones de piezas que tratamos de ensamblar con tanto tesón como torpeza: por eso hay millones de piezas a las que no se les sabe o se les quiere encontrar lugar y viven arrojadas a los márgenes del tablero social.

También nuestras ciudades funcionan de similar manera. Las construimos y reconstruimos con viejas piezas del pasado y nuevas que vamos fabricando. Formamos con ellas el damero de sus calles, y sus edificios se convierten en árboles de piedra, ladrillo o cemento que hunden sus raíces en un subsuelo de siglos y civilizaciones. A veces, de ese subsuelo histórico emergen los frutos que adornan las fachadas del presente.

Eso es lo que sucede en la Gran Mezquita de la ciudad tunecina de Kairouan: la mezquita de Uqba. Construida en el siglo VII, alberga un impresionante patio interior  que está  rodeado de galerías sostenidas sobre bellísimas columnas de mármol, granito y pórfido. Buena parte de esas columnas y de los capitales que las ornamentas provienen de las legendarias ruinas de Cartago. Piezas del puzzle de Kairouan labradas siglos antes de la aparición del Islam.

Dicen las guías turísticas que el patio es accesible a través de seis puertas laterales y por una de ella pensábamos entrar los escritores que viajamos hasta Kairouan el pasado mes de noviembre, para poder visitar una maravilla de la que sólo teníamos referencias. Desafortunadamente, las guías turísticas no suelen tomar en consideración el rompecabezas humano.

A la puerta de entrada al patio de la Gran Mezquita, el portero informó a las escritoras allí presentes que no podían entrar si no cubrían sus cabezas con un pañuelo o un velo. Y mientras los escritores varones iban pasando, algunas de ellas acudieron a la tienda de artesanías locales, situada estratégicamente enfrente de la mezquita, para comprar el pañuelo que les abriera una de las seis puertas del patio. Se presentaron de nuevo ante el celoso portero, quien les informó esta vez que, así cubiertas, sí podían entrar, pero tan sólo unos metros para asomarse y atisbar la belleza de las columnas y la majestuosidad del enorme patio. Sin embargo, no podrían recorrerlo pues para hacerlo debían cubrirse las piernas con una falda por encima de los pantalones.

Alguna escritora se asomó al patio y volvió para confirmar su fundada y lejana belleza. La mayoría se quedó afuera. Y yo con ellas. Decliné amablemente la invitación que me hizo el portero para que entrara, señalándole que yo no  llevaba pañuelo en la cabeza. Él me dijo que en mi caso no era necesario, pues yo era un hombre. Le respondí que hay privilegios de los que prefiero no disfrutar. Y junto con algunas de las escritoras subí a la azotea de la tienda de artesanías, cuya puerta nos abrió amablemente el propietario, para contemplar desde lo alto las cúpulas de la Gran Mezquita de Kairouan y una parte de su hermoso patio, al que dan acceso seis puertas, aunque las guías turísticas no digan que cada una de ellas  tienen por llave un pañuelo.

La comitiva de escritores prosiguió luego su recorrido de la medina de Kairouan, austera y apacible a aquella hora de la tarde, jalonada de bellísimas puertas labradas con esmero, y muros tintados de azul y blanco y ocre, incrustados de antiguas columnas en sus rincones: piezas del rompecabezas de Kairouan rescatadas por un presente que parece retornar cíclicamente al pasado. Y en una plazoleta minúscula, en lo alto de una escalera rematada por dos de aquellas columnas, nos agrupamos todos en torno al pozo del que un camello extrae agua: el pozo de Bir Barrouta. Un viejo pozo que, según reza un cartel a la entrada, fue renovado por última vez en el año 1690.

El camello, enorme, rotundo, haciendo sonar sus pezuñas contra el suelo de gres, gira y gira uncido a la noria del pozo, con los ojos vendados por un pañuelo. Los turistas le sacan fotografías. Algunos preguntan cuántas horas da vueltas el animal, y su cuidador los tranquiliza explicándoles que el camello (la camella, en realidad, pues es un camello hembra) está bien cuidado y que trabaja un día sí y otro no, pues tienen otro camello con el que se alterna. Y yo le pregunto la razón por la que lleva vendados los ojos con un pañuelo. Su respuesta suma otra pieza al puzzle: “Es que, si no se los vendamos, se marea de dar tantas vueltas”.

A veces, la realidad provee metáforas insuperables.