En el centenario de Cervantes y Shakespeare: la engañosa muerte

Lunes, 04 Enero 2016 11:55
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por José Manuel Fajardo

Cuando despuntó el alba del 23 de abril del año de 1616, el escritor Miguel de Cervantes yacía en el lecho que no había podido abandonar desde que, el día 2 de aquel mismo mes, se sintió tan indispuesto que hubo de renunciar a salir de sus habitaciones. Vivía en casa de un sacerdote amigo, Francisco Martínez, en la madrileña calle del León, a pocos metros del convento de Santa Ana y del convento de las monjas Trinitarias.

A más de mil kilómetros de Madrid, entre los verdes prados ingleses que rodean al río Avon, el alba del 23 de abril del año de 1616 había sorprendido al actor y dramaturgo William Shakespeare sentado ante la chimenea de su casa, bebiendo cerveza tras una copiosa cena y conversando con su amigo y compañero de aventuras teatrales, Michael Drayton. Éste había llegado en compañía del también escritor Ben Jonson al caserón que Shakespeare había comprado en su pueblo natal. Hacía varias semanas que el autor de Hamlet se encontraba enfermo, pero había sacado fuerzas de flaqueza para agasajar a sus dos antiguos colegas cómicos, ahora que el teatro había pasado a formar parte del mundo de recuerdos de los años vividos en Londres. De ellos habían hablado animadamente los tres hasta que Ben Jonson tuvo que partir, poco antes de que clarease el día.

En el alba del 23 de abril del año de 1616, ambos escritores sabían que la muerte les rondaba, enmascarada de enfermedades sin nombre sobre las que hoy no podemos sino especular a partir de sus síntomas. Tan sólo cuatro días antes, Cervantes había terminado de escribir en el lecho el prólogo de su último libro, Los trabajos de Persiles y Segismunda, y en él daba cuenta de un reciente encuentro, durante un viaje, con uno de esos estudiantes peripatéticos tan frecuentes en su literatura y en su época, al que contó que padecía hidropesía. ¿Qué enfermedad se la producía? No se sabe.

También se desconoce a qué causas respondían las fiebres que venían consumiendo a Shakespeare desde el año anterior y que tanto habían debilitado su salud. Al parecer, algún vecino de Stratford-on-Avon había sufrido fiebres tifoideas, pero aún hoy se desconoce si tal fue el mal que aquejaba al escritor. En todo caso, el resultado final de aquellas enfermedades estaba claro. Así, el 23 de marzo, Shakespeare dictó testamento y lo hizo con todo detalle. Dejaba el grueso de su fortuna a su hija Susana y trescientas libras a su hija Judith. Repartía su cubertería de plata y sus joyas entre hermanos, sobrinos y demás parientes.  Destinaba diez libras a los pobres de la parroquia y veintiocho chelines con ocho peniques a sus amigos Barbuge, Heminge y Condell. A su esposa, Anne Hathaway, sólo le dejaba “la cama y el ajuar”, en lo que algunos de sus biógrafos han querido ver un irónico ajuste de cuentas final. Pero la verdad es que a ella ya le correspondía por ley un tercio de los bienes; y la palabra cama, en el lenguaje legal de la época, significaba en realidad todo el mobiliario conyugal.

El 26 de marzo, por su parte, Cervantes había escrito una carta a su protector, don Bernardo de Sandoval y Rojas, arzobispo de Toledo, en la que le decía: “El mal que me aqueja al fin tanto arrecia que creo que acabará conmigo, aun cuando no con mi agradecimiento”. Sin embargo, poco tenía que repartir entre sus herederos Cervantes. Como si fueran en realidad metáfora del destino de los imperios inglés y español, los testamentos de ambos escritores reflejaban dos fortunas bien dispares.

De igual modo que la corona inglesa prosperaba imparable, la hacienda de Shakespeare era saneada y abundante. Por el contrario, a tenor de la decadencia imperial española, que vivía con Felipe III el inicio de su larga agonía, Cervantes no tenía siquiera casa propia. No le había sonreído la fortuna, pese a la fama de sus libros, y en los últimos siete años se había visto obligado a cambiar cuatro veces de domicilio en Madrid, siempre en el mismo barrio cercano a la calle del Príncipe. Por ello, el autor de El Quijote dejaba a su esposa, doña Catalina de Salazar, poco más que sus libros y escritos, y tan sólo mandaba que se rezasen dos misas por su alma.

Durante aquella primavera de 1616, ambos escritores se preparaban para morir con el mismo espíritu que Edgard, el personaje shakespereano de la obra El rey Lear, recomendaba a su padre, el ciego y atormentado conde de Glocester: “Los hombres han de tener paciencia para salir de este mundo, tanto como para entrar: todo es estar maduros”. Y ambos escritores, con cincuenta y tres años el inglés y sesenta y nueve el español, parecían haber alcanzado ya aquella letal madurez.

Sus vidas habían estado marcadas por los deseos y las esperanzas de su tiempo. Pero en ellos se había producido una singular inversión de papeles. Mientras Shakespeare había sido actor de teatro y dramaturgo de éxito, Cervantes había hecho pocas incursiones en el mundo teatral y Los baños de Argel o sus Entremeses no representaban ni mucho menos el eje de su actividad creadora y estaban muy lejos de la fama que alcanzaban la piezas de otros autores, como Lope de Vega.

Pero, en el gran teatro del mundo, el español sí que había sido actor de su tiempo,  por ejemplo como soldado en la batalla de Lepanto, en 1571, cuando recibió su célebre herida. Desde entonces había representado todo tipo de papeles. Primero como prisionero, pues el 20 de septiembre de 1575, de regreso a España, la galera Sol en que viajaba fue abordada frente a la costa gerundense de Cadaqués por  piratas berberiscos. El nombre de uno de los jefes piratas, igual al del pintor que siglos después inmortalizaría aquellos parajes e ilustraría la obra del escritor, casi parece una broma del destino: Dalí Mamí el Cojo.

En Argel, donde fue conducido, Cervantes interpretó primero el papel de esclavo y, tras cinco años en los que intentó repetidas veces darse a la fuga, sin que su amo llegara nunca a castigarle por ello de la forma brutal que era costumbre, el de liberto. Le tocó también ser proveedor de la Armada Invencible, dedicado a la ingrata tarea de requisar por tierras andaluzas trigo, cebada y aceite. Y tuvo que repetir, aunque fugazmente, el papel de prisionero cuando fue encarcelado en 1592, acusado de vender trigo sin permiso. Desde 1605 encarnaba el papel de escritor popular y admirado, tras la publicación de la primera parte de El Quijote.

Por el contrario, el actor teatral Shakespeare había sido ante todo un espectador de las tragedias de su época. Instalado en Londres desde 1592, había visto la hambruna  que, pese al esplendor imperial de la reina Elizabeth, consumía al pueblo londinense. Los motines de aquellos años hicieron incluso que cerraran temporalmente los teatros pues, al reclutar la mayor parte de su público entre la plebe, las autoridades temían que las representaciones desembocasen en algaradas.
Protegido por el conde de Southampton, Shakespeare había prosperado como empresario teatral en uno de los primeros teatros estables de Londres, el Globus, así llamado porque en el rótulo de entrada se veía el dibujo de un Hércules que sostenía el globo terráqueo. Esa misma amistad le permitió ser testigo, desde la proximidad, de la luchas por el poder en Inglaterra.

En el año 1601, el conde de Essex organizó un motín en Londres contra la reina, pero fue descubierto y encarcelado. El protector de Shakespeare, aliado del conde de Essex, también fue a dar con sus huesos en la cárcel. Pero en esta ocasión Shakespeare fue en cierto modo actor del drama al prestarse a representar aquellos días en el Globus, por sugerencia del conde de Southampton, su pieza Ricardo III en la que contaba el destronamiento de un rey tiránico. Cuatro años más tarde, Shakespeare asistiría al fracaso del llamado complot de la pólvora, cuando el católico Guy Fawkes fue descubierto en los sótanos del Parlamento de Londres con varios barriles de ese explosivo. Su intención era volar el edificio aprovechando la presencia en él de los diputados y del rey, el recién coronado monarca protestante Jacobo I.
Algunos de los más destacados frutos literarios de dos vidas tan paradójicas fueron, como era inevitable, paradójicos a su vez. Cervantes, el actor de la vida, víctima tantas veces, había opuesto a la crueldad del mundo el humor irónico y la grandeza de la locura de Don Quijote. Shakespeare, el espectador de la vida, testigo de abusos que no había tenido que sufrir en carne propia, había escrito El rey Lear, una obra maestra, oscura y pesimista, en la que la traición, la codicia y la vileza humanas destrozaban las vidas de sus protagonistas.

En sus últimos años, las vidas de Shakespeare y Cervantes continuaron sus cursos paralelos, aunque sus vivencias discurrieran muchas veces en sentidos inversos. Así, mientras Shakespeare no dudaba en utilizar obras de otros autores como base para la elaboración de las suyas, superando por cierto con creces a las que le servían de modelo tal como sucedió con Cuento de invierno, escrita en 1611 a partir de la obra Pandosto, de Robert Greene; Cervantes se vio desagradablemente sorprendido en 1614 por el plagio de El Quijote realizado por Avellaneda, una obra que estaba muy lejos de alcanzar la altura literaria del original y en la que, además, su desconocido autor no sólo se le robaba el personaje sino que incluso le insultaba en el prefacio, tildándolo de “quejoso, murmurador, impaciente y colérico”. Su respuesta fue la publicación de la deslumbrante segunda parte de El Quijote, verdadero fundamento de la novela moderna.

Pero las semejanzas entre ambos autores han seguido manifestándose incluso después su muerte. Sus biógrafos y estudiosos atisban en los dos actitudes religiosas que no eran ortodoxas en sus respectivos países. En el caso de William Shakespeare se apunta su probable condición de  papista, es decir, católico, lo que explicaría su apartamiento final de la vida londinense y la desaparición de toda su correspondencia; en el de Miguel de Cervantes, su posible descendencia de judíos conversos, reflejada en el comprensivo  retrato que hace de éstos en su obra. Y sobre ambos se proyecta una misma sospecha de  homosexualidad: por su condición de esclavo favorito en Argel, en el caso de Cervantes, y por sus íntimos vínculos con el conde de Southampton, en el de Shakespeare.

En todo caso, en el alba del 23 de abril del año de 1616 eran otras las sombras que se cernían sobre ellos. Cervantes había pedido cuatro días antes que se le diera la extremaunción y había escrito un último texto, dirigido a su otro protector, el conde de Lemos, en el que le decía: “ El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y, con todo esto, no llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”. Y, tras hablarle de los libros que tenía pendientes, añadía: “Si por buena ventura mía, que ya no sería ventura, sino milagro, me diera el Cielo vida, los verá y, con ellos, el fin de La Galatea”. Pero todos aquellos libros quedaron en mero deseo pues con la llegada del día su vida fue consumiéndose, mansamente, hasta que al fin entregó su alma.

La muerte también le llegó a Shakespeare con el alba del 23 de abril, sentado delante de la chimenea de su casa, y estuvo a punto de llevarse asimismo a su amigo Drayton. Los dos cayeron repentinamente presas de un acceso febril tan violento que el yerno de Shakespeare, el doctor Hall, hubo de acudir urgentemente para atenderlos. Después se achacaría maliciosamente tal colapso a la cantidad de bebida y de comida que habían consumido aquella noche, pero nada se sabe con certeza. Lo único cierto es que el doctor Hall logró revivir a Drayton pero no a su suegro, que quedó tendido en el suelo con los ojos abiertos y murmurando palabras incomprensibles, como si hablara con algún ser invisible, hasta que, poco a poco, la muerte le acogió en su seno.

El mundo, entre tanto, seguía su trágico curso sin que el fallecimiento de ambos escritores, maestros del arte de la palabra en sus respectivas lenguas y sutiles críticos de su época, viniera a alterar un ápice la implacable lógica de intolerancia y codicia que lo regía. En Stratford-on-Avon, sus gobernantes puritanos decidían prohibir toda representación teatral e incluso el paso de las compañías de teatro por el pueblo. En Francia, el cardenal Richelieu, recién nombrado secretario de Estado para Asuntos Exteriores, había conspirado con los príncipes alemanes para evitar que la corona de Bohemia fuera a parar a manos españolas, cosa que acababa de lograr pues Felipe III renunciaba a ella. Una victoria diplomática en la escalada de tensión que conduciría, poco más de un año después, a la devastadora guerra que asolaría Europa durante treinta años. Y en los dominios italianos, el estudioso Galileo se debatía entre su afán de conocimiento y la seria advertencia que el Papa Paulo V le había hecho, dos meses atrás, para que renegase de las tesis copernicanas que afirmaban que la Tierra no era el centro del universo sino un planeta más que giraba en torno al sol.

Cervantes fue enterrado en el convento de las monjas Trinitarias de Madrid. Shakespeare en el coro de la iglesia de la Trinidad, en Stratford-on-Avon. Ambos, parejos en talento, habían recorrido vidas tan paralelas que fallecieron el mismo día, pero... ¿fue realmente así? Porque, como bien podría haber dicho alguno de sus personajes, todo es apariencia en la vida, incluso la muerte.

Ambos murieron en el mismo fatídico 23 de abril pero, en realidad, fueron dos días. Cervantes murió el sábado 23 de abril de 1616. Shakespeare, el martes 23 de abril de 1616. Inglaterra, ya entonces, se medía por reglas distintas que España y mientras aquí regía el calendario gregoriano allí lo hacía aún el juliano. De tal modo que el día 23 de abril de 1616 en Inglaterra se correspondía en realidad con el día 3 de mayo de 1616 español. En otras palabras, aunque la fecha fuera la misma, el dramaturgo inglés falleció diez días después que el novelista español. Cervantes y Shakespeare habían vivido sin conocerse, pero los caprichosos cómputos de los hombres, con una sabiduría inconsciente, les hermanaron en la muerte.

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