A toda vela

 

 

  Jose Manuel FajardoJose Manuel FajardoJose Manuel Fajardo

 

(prólogo de la nueva edición de "El converso" publicada por Edhasa, Barcelona, 2012)

 

Siempre me han gustado las novelas de piratas, los relatos de marineros. Me formé como lector leyendo a Stevenson y a Verne, a Conrad y a London, a Salgari y a Defoe, a Jonathan Swift y a Poe. Narradores apasionados, contadores de historias. Después me llegaron los poetas surrealistas y Kafka y Cortázar y Borges y Calvino, pero siempre he pensado que por muy innovadora y aún experimental que sea una literatura, es el viento de la narración el que verdaderamente la impulsa. Creo en el poder hipnotizador de las historias, en su capacidad de llevarnos lejos y ensanchar nuestro mundo más allá de nuestras propias limitaciones, que es lo mismo que decir hacernos más inteligentes. Lo creo porque como lector lo he sentido. Por eso, a la hora de escribir, decidí subir también yo a bordo de la aventura y dejarme llevar por un viento de historias y de Historia, sujetando el velamen de mis textos con aparejos extraídos tanto de los grandes narradores del mar como de los autores de vanguardia del siglo XX y de los dos clásicos del XVII que forman el corazón binario de la literatura de nuestra civilización: Miguel de Cervantes y William Shakespeare. Es en esa formidable compañía mental que escribo mis libros, consciente de que nunca podré alcanzar las cimas de su creatividad, pero sabiendo que al invocarlos, a buscar en ellos inspiración y guía, llegaré mucho más alto de lo que podría lograr sin su ayuda.

Hace catorce años que zarpó a toda vela el barco de papel de “El converso”, una novela en la que me embarqué como consecuencia de la escritura de mi primera novela “Carta del fin del mundo”, que era un relato del brutal y fascinante encuentro entre dos mundos que supuso la llegada de los europeos a América. Uno de los personajes de “Carta del fin del mundo”, el judío converso Luis de Torres, traductor del latín, del griego y del arameo, buscaba refugio en el año 1493 entre los indios taínos de la isla de La Española  y el relato concluía sin que yo mismo, su autor, supiera claramente qué había sido de él. Quizás el Luis de Torres de ficción que yo había creado había sobrevivido. Y si era así, ¿por qué no podría haber sobrevivido también el Luis de Torres real en el que me había inspirado, aquel que acompañó a Cristóbal Colón en su primer viaje al Nuevo Mundo, se quedó allá, en el fuerte de la Villa de la Navidad, y del cual nunca más se supo?

De ahí nació la idea de seguir la pista, en el mundo de la ficción, a las vidas de los posibles descendientes de Luis de Torres, creando una especie de saga sobre una familia de judíos conversos españoles. Pero esa saga familiar tenía que estar basada en el secreto porque sus protagonistas no sólo debían mantener oculta su verdadera fe judía sino también su condición de cristianos nuevos, dado que el imperio español prohibía a quienes tenían origen judío, aunque se hubieran convertido al cristianismo, viajar al Nuevo Mundo o instalarse en él. Decidí entonces escribir una segunda novela, con el título de “El converso”, que narrase las aventuras de Cristóbal Mendieta, uno de esos descendientes de ficción de Luis de Torres, y hacer del libro un homenaje a las novelas de aventuras y un espacio de reflexión sobre el papel de la mentira en nuestras vidas.

Contar la vida de Cristóbal Mendieta y su amistad con el aventurero y embustero Thomas Bird me permitió, además, visitar un episodio histórico poco conocido, pero fascinante: la república pirata de Salé, fundada en el siglo XVII por algunos de los moriscos expulsados de España en 1609. Durante medio siglo, aquellos exiliados mantuvieron una república corsaria independiente en la ciudad que hoy se llama Rabat y es capital de Marruecos. De hecho, ellos fueron los fundadores de la moderna ciudad de Rabat y desde la fortaleza de su medina hicieron la guerra a españoles, franceses e ingleses. Viajaron hasta Islandia y saquearon Reykjavik. Llevaron sus incursiones hasta el mar Caribe, disputándoles el negocio a los mismísimos bucaneros. Y terminaron hundiéndose de una manera muy española: con una guerra civil que acabó con su república y su independencia. En esos escenarios decidí que transcurriera buena parte de “El converso”. Para ello, viajé hasta Rabat en compañía de Daniel Mordzinski, un buen amigo y gran fotógrafo que me ayudó a fijar la imagen del mundo de los moriscos (la Casbah de la ciudad permanece prácticamente igual a como estaba en la época pirata). Y viajé también hasta la isla de La Tortuga, en la costa norte de Haití, en compañía de otro amigo fotógrafo, Larry Mangino, para visitar las ruinas, devoradas por la vegetación, de la antigua fortaleza de los piratas bucaneros, en el puerto de Basté. Al final, sobre ese trasfondo histórico, se integró también en la historia aventurera de “El converso” la reflexión sobre el exilio, la violencia y la intolerancia, dando continuidad al núcleo de preocupaciones que me había llevado a escribir antes “Carta del fin del mundo”.

Y es ese núcleo el que me lleva empujando a escribir novelas desde hace veinte años, en busca de historias que me hagan viajar, soñar, enfurecerme o reír, pero que también me permitan intentar comprender esta trágica condición del hombre moderno, siempre escindido entre su dimensión social  y su existencia individual: egoísta y solidario, intolerante y altruista, en pugna siempre entre la búsqueda de la libertad y el sueño de la igualdad, embarcándose en la procura de paraísos que muchas veces terminan en infiernos colectivos; escapando tantas veces también de infiernos personales que, aún sin querer, se lleva consigo para desdicha de otros. Siempre amando, mintiendo, luchando, inventando. Y todo ello al mismo tiempo, confusa y frenéticamente. Pura materia literaria.

La conclusión lógica de esa búsqueda no podía ser otra que la escritura de una tercera novela que viniera a cerrar la saga familiar desde el presente, trayendo hasta el siglo XXI el hilo de la Historia. Así nació “Mi nombre es Jamaica”, una novela en la que la acción en el presente (durante una semana del mes de octubre del año 2005) se inicia en Israel y termina en la ciudad de Granada, tras pasar por París, territorio por antonomasia de los exilios hispanos. Una especie de viaje de vuelta desde la tierra prometida de Israel hasta la Sefarad de la que fueron expulsados los judíos españoles por los Reyes Católicos. El protagonista en este caso, Santiago Boroní Mendieta, es un historiador que trata de desentrañar el misterio de sus orígenes familiares, entre la memoria y el delirio (se toma por judío sin prueba alguna de que lo sea, pero tantos siglos después de la obligada conversión de los judíos, ¿quién puede asegurar en España hoy que no corre sangre judía por sus venas?), mientras su amiga Dana, ella sí judía sefardí, descubre en la crónica de una antigua rebelión inca del siglo XVII extraños paralelismos con la locura de su amigo.

En “Mi nombre es Jamaica” recuperé personajes e historias de “Carta del fin del mundo” y “El converso”, y establecí un juego de espejos entre el presente y el pasado, tratando de proponer una novela histórica que lo fuera no sólo porque narraba acontecimientos de otra época, en este caso en la selva amazónica peruana durante el siglo XVII, sino también porque mostraba el eco, la presencia de la Historia en el presente. Con ella cerré esta trilogía que hasta hoy nunca presenté formalmente como tal, pues fue naciendo de la necesidad de la escritura más que de una idea preconcebida y, además, ¿una trilogía que desvela poco a poco, de manera a veces sólo sugerida, la saga de una familia obligada a vivir en el secreto, no es lógico que sea ella misma en cierto modo una trilogía secreta?

El resultado son tres novelas que se pueden leer de manera completamente independiente pero que comparten algunos personaje y, juntas, componen un viaje en el tiempo, desde ese momento fundacional del mundo moderno que fue el descubrimiento de América (acompañado de la invención del concepto de utopía) hasta nuestro mundo actual, a través de las peripecias de los imaginarios descendientes de un personaje real del siglo XV, Luis de Torres, convertido en personaje de ficción por la alquimia de la literatura.

Bienvenido pues, lector, a bordo del galeón San Juan de Gazteluche donde comienza la aventura de “El converso” y que, de nuevo, se apresta a zarpar desde el puerto de La Habana, un día del año del Señor de 1622. Y que los mares de la Historia, de la literatura y de la vida te sean propicios.

 

 

José Manuel Fajardo

Lisboa, abril 2012.